Protrepsis, Año 15, Número 30 (mayo - octubre 2026). www.protrepsis.cucsh.udg.mx
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La tuberculosis, hasta el siglo XIX, fue asociada al pneuma y, por extensión, al alma. Se convirtió
en una suerte de moda que justificaba un estilo de vida bohemio y refinado. Se le atribuyeron
cualidades afrodisíacas que dotaban a los hombres de un aura misteriosa y a los poetas de virtud
creativa; en el caso de las mujeres, se idealizó la figura de la enferma como encarnación de un canon
de belleza asociado a una lírica fragilidad y palidez (Sontag, 2003). Esta construcción ocultó la
crudeza de sus síntomas y la respuesta ante ellos: la tos sanguinolenta, el deterioro físico y el
aislamiento social.
Por otro lado, el cáncer ha sido históricamente enmarcado en una metáfora bélica. El cuerpo se
concibe como un campo de batalla, el tumor como un invasor y al enfermo se le atribuye la
responsabilidad de luchar o vencer su padecimiento. Aún más, esta narrativa, todavía vigente,
moraliza un proceso biológico: quien no sana es percibido, en el imaginario social, como un
“perdedor” (Sontag, 2003: 23), lo cual carga al paciente no solo con el peso de la enfermedad, sino
con el estigma de una supuesta falta de fuerza o voluntad frente a ella.
El SIDA, por su parte, heredó esta metáfora guerrera, pero revestida de culpabilidad y
estigmatización social. A diferencia del cáncer, percibido durante mucho tiempo como un mal
aleatorio, el SIDA fue asociado a grupos de riesgo —inicialmente homosexuales— y caracterizado
como la consecuencia natural de una vida “licenciosa [...o…] irresponsable” (Sontag, 2003: 54).
Esta conceptualización desplazó el foco desde la condición médica hacia el juicio moral y convirtió
a los enfermos en parias sociales.
Los procesos de metaforización, en este contexto, no son inocuos. Al revestir el padecimiento de
significados ajenos a su dimensión biológica, las metáforas oscurecen la experiencia concreta del
enfermo, intensifican el sufrimiento y dificultan una comprensión informada de la enfermedad. La
propuesta de Sontag consiste, precisamente, en aspirar a una vivencia del padecimiento despojada
de estos significados añadidos, esto es, libre de aquellas construcciones metafóricas que convierten
la enfermedad en castigo, maldición o prueba moral y que impiden experimentarla con claridad y
de manera activa (Sontag, 2003: 49).
Ahora bien, es necesario distinguir entre la enfermedad entendida a través de metáforas y el
concepto mismo de enfermedad utilizado como metáfora. En efecto, como señala Deborah Lupton
(2012: 70), es frecuente describir el desorden, la corrupción o la perversión como un cáncer, o tildar
a alguien de enfermo para denotar maldad o desviación. Este uso revela una relación bidireccional:
así como se aplican metáforas a la enfermedad, la enfermedad misma se convierte en metáfora de
lo negativo, lo repugnante o lo maligno (Sontag, 2003: 28).
Esta identificación cultural entre enfermedad y mal no es arbitraria; revela un sesgo
profundamente arraigado que tiene consecuencias prácticas. En este punto, la filosofía de Georges
Canguilhem ofrece una corrección conceptual decisiva. En Lo normal y lo patológico (1966),