
Protrepsis, Año 15, Número 29 (noviembre 2025 - abril 2026). www.protrepsis.cucsh.udg.mx
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Pensar no refleja al mundo; lo detiene, lo estabiliza, lo esquematiza, que es muy diferente. Si
verdaderamente queremos el mundo, hay que dejar de pensar; si por el contrario, deseamos pensar,
es preciso perdernos el mundo. ¡Maldición de Heisenberg! Intuir: ni sólo pensar, que equivale a
clasificar, ni sólo sentir, que se disuelve en la pura duración. Difícil, pero no imposible: quizá
basta salir del encierro en el que estamos por culpa del trabajo y de la obligación moral (llamémosles
así por ahora). A fin de cuentas, las cosas ―y la gente― acechan por detrás de su objetividad. Es
posible alcanzarlas, pero solamente en la soledad, la oscuridad y el silencio. Si aprendiéramos a
renunciar a la objetividad de cada hecho, no nos estaría vedada aquella fuerza que nos hace ser y
haber sido: pues tampoco somos sólo sujetos, esquemas fungibles de nosotros mismos. La filosofía
hará constante referencia a semejante poder; no se agota nunca en las parsimonias de una
disciplina, menos aún en las obediencias de una mera asignatura. Cierto que, cuando no vence el
miedo, gana el cansancio. Pero la filosofía no necesariamente se extingue. La sigue habiendo justo
en el instante en que nos sabemos capaces de reconocer una pulsión, una tensión, una ignición
detrás de cada cristalización, de cada sedimentación: de cada abstracción. La vida probablemente
se asoma ―con frecuencia lo hace― por detrás de sus signos. Entendemos, casi desde el principio,
su reto: quiere ―queremos― sobrevivir al tiempo. Lo entendemos, pero también sabemos que el
tiempo resulta invencible. ¿Sería factible recuperarlo? Al menos tendríamos que comprender por
qué no estaríamos en condiciones de lograrlo. Seguramente la respuesta no estará muy escondida:
no podemos simplemente vivir, porque sin un mundo nadie es capaz de hacerlo. Mundo del
trabajo, mundo de la moral. Ninguno de ellos nos viene dado de antemano; estamos, prácticamente
día tras día, después de la noche, obligados a hacerlos. Trabajar y ser buenos. En correspondencia
con esta obligación, captamos de cada cosa ―y de cada persona― sus instrucciones de uso y su
posible valor mercantil. Somos, en este trance, como el rey Midas. ¡Curioso que, según la mitología,
sea justamente Dioniso quien libere al rey de esa terrible maldición! La exigencia de sobrevivir nos
conduce por el sendero de la razón, que es también el de la eficacia, pero ella estrecha y empobrece
espantosamente nuestras vidas. Al final, podemos vivir más tiempo, pero, ¿para qué? No tiene el
menor caso. Proust y Bergson hubieron de percibir con fuerza el poder ―tan inmenso como
últimamente impotente― de la memoria involuntaria. Ella no aparece dirigida por la necesidad de
actuar, de prever, de intervenir, de tornar disponible. Es gratuita y excedente. El tiempo emerge en
ella como un burbujeo incesante de novedades. Se contrapone punto por punto al tiempo
cronológico, que a su turno es lineal, orientado e irreversible. Digámoslo sin complejos: es el tiempo
de la fiesta. Del ocio profundo. No es lo mismo que el de la pereza absoluta, que ha podido llegar,
por lo demás, a ser febril. Encontramos en estos pensadores un empeño casi heroico por extraer al
individuo del hondo pozo de sus coerciones sociales. Se diría que sus motivos esenciales son
fenomenológicos porque pretenden, como pretendió Husserl, ir al fondo de las cosas mismas.
Desgraciadamente, ellas no están ni a la vista, ni a la mano. La ciencia y su sueño de objetividad
amenazan a la vida en su fragilidad. Que esta misma sea un manantial sin oficio ni beneficio la
expone y arriesga sin medida. Bodei no dudará en oponer ―fraternalmente― a Proust con Bergson:
el uno melancólico, el otro entusiasta. Uno mirando al pasado, el otro al futuro. Pero su idea del