
Protrepsis, Año 15, Número 29 (noviembre 2025 - abril 2026). www.protrepsis.cucsh.udg.mx
70
deduce otra” (Plotino, trad. en 1982: 387): el universo es una red simbólica viva, pero no en el
sentido lingüístico, sino como articulación ontológica de presencias disgregadas. Así, el signo en
Plotino no nace como convención, sino como resultado del descenso ontológico: es una imagen que
ha perdido su potencia contemplativa. Este signo puede adoptar dos formas: (i) τύπος (týpos): es la
huella impresa, el resultado de una imagen (o sombra) del alma que se fija sobre un sustrato pasivo,
como la materia: “Y así, tanto el cuerpo del animal como el de la planta están en posesión de una
especie de sombra de alma, y tanto el padecimiento del dolor como el disfrute de los placeres del
cuerpo corresponden a un cuerpo específico” (Plotino, trad. en 1985: 400). Aquí el signo ya no es
visión, sino forma impuesta, marca latente del alma como el aire caliente lo hace: al tocar el cuerpo,
le imprime una sombra, una huella, una pátina vital —el vestigio—, que permite no solo la
animación, sino también la emergencia de estados afectivos como el placer y el dolor. Así, el alma
no es producto del cuerpo, sino que habita en él semióticamente; el cuerpo se convierte en sōma
pero también en sēma, es decir, signo: “Es como cuando un cuerpo calentado comunica su propia
forma al que está en contacto inmediato con él, calentándolo en menor grado” (Plotino trad. en
1985: 392); (ii) ἴχνος (íchvos): es el vestigio, la traza residual de algo que ha pasado: “Es como si la
figura impresa en una espesa capa de cera penetrase hasta el fondo dibujándose en la cara opuesta:
la figura de arriba sería clara; la de abajo, un tenue vestigio” (Plotino, trad. en 1985: 392). Como
sostiene Noble (2013), puede distinguirse entre dos modos del alma: por un lado, el alma como luz,
que está presente sin afectar y corresponde al týpos; por otro, el alma como fuego, que calienta el
aire y produce el vestigio. En esta lectura, el vestigio actúa como un término medio entre lo
inteligible y lo sensible: permite la transmisión de afectos y proto-deseos desde el cuerpo hacia el
alma, sin comprometer la inmutabilidad de esta última. Es, en suma, el modo en que lo sensible se
vuelve expresivo, sin que lo inteligible se corrompa. Por ejemplo, en el descenso ontológico que
organiza el sistema de hipóstasis, dado que el alma no puede ser una parte formal del cuerpo, pero
el cuerpo está vivo, debe existir una mediación entre ambos: eso es el signo del alma, entidad que
mira hacia lo inteligible y hacia lo sensible. A medida que se pierde la contemplación, como ocurre
en el tránsito del alma hacia el mundo sensible y la phýsis, deja de haber aparición y solo
permanecen marcas residuales, huellas sin mirada. El signo, en este contexto, es eco de lo inefable,
no traducción directa. Ya no hay un vestigio de contemplación agotada, una traza residual que
conserva apenas la memoria de su fuente.
Precisamente en este punto emerge la consideración de Plotino respecto del lenguaje: el vestigio,
en su trama y encabalgamiento, da lugar al lenguaje. Esto implica que el lenguaje, en el
pensamiento plotiniano, no posee una estructura primordialmente lingüística, sino icónica. En este
sentido, resulta pertinente remitirse, como lo hace Alexander Baumgarten (2012), a la Enéada III
(Plotino, trad. en 1985: 29), donde Plotino critica a los astrónomos y astrólogos de orientación
determinista. Lejos de considerarlos dioses vivos, Plotino los describe como piedras en movimiento
(lithois pheromenois), una imagen que, aunque aparentemente física, constituye el germen de su
concepción semiótica del lenguaje. Los astros, en esta lectura, no son entidades sagradas sino