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ISSN: 2007-9273
Protrepsis, Año 15, Número 29 (noviembre 2025 - abril 2026) 183 - 193
Recibido: 25/08/2025
Revisado: 27/11/2025
Ensayo: Hay un cuerpo, y en el cuerpo una cicatriz
Erika Selene Pérez Vázquez 1
1 Universidad Autónoma de la Ciudad de México
Ciudad de México. México
E-mail: selene.perez@uacm.edu.mx
https://orcid.org/0000-0002-0099-6771
Resumen:
El presente escrito se elabora a partir del texto Vida precaria de la filósofa Judith Butler
y el cuento de la escritora Mariana Enríquez Lo que perdimos en el fuego. El objetivo es analizar la
exposición y la complicidad con la violencia que nos sitúan en una condición de vulnerabilidad y
duelo dentro del marco de una comunidad. La intención de Butler es la de repensar una comunidad
que abrace la vulnerabilidad y la pérdida, mientras que el cuento de Mariana Enríquez retrata esta
situación de vulnerabilidad a partir de varias mujeres que resultan quemadas por sus parejas quie-
nes, a su vez, deciden quemarse por mismas. Resultado de ambos, lo que pretendo resaltar es el
sentido de comunidad que surge entre las mujeres como precedente para atender las emociones de
una sociedad en la que la desigualdad abunda; así como la elaboración del duelo atendiendo tanto
a la vulnerabilidad de las mujeres, (las que deciden quemarse, mostrar sus cicatrices y contar sus
historias), como a las sensaciones que provocan su proximidad y visibilidad.
Palabras clave
: Duelo, violencia, nosotros, vulnerabilidad, proximidad, comunidad.
Abstract:
This article is based on the text Vida precaria, by Judith Butler, and the short story by
Mariana Enríquez Lo que perdimos en el fuego. The objective is to analyze the exposure and com-
plicity with violence that place us in a condition of vulnerability and mourning within the frame-
work of a community. Butler's intention is to rethink a community that embraces vulnerability and
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loss, while Mariana Enríquez’s story portrays this situation of vulnerability from several women
who are burned by their partners who, in turn, decide to burn themselves.
As a result of both, what I intend to highlight is the sense of community that emerges among women
as a precedent to address the emotions of a society in which inequality abounds; as well as the
elaboration of grief taking into account both the vulnerability of women, (the ones that decide to
burn themselves, show their scars and tell their stories), as well as the sensations caused by their
proximity and visibility.
Keywords:
Bereavement, violence, us, vulnerability, proximity, community.
No hay cicatriz, por brutal que parezca,
que no encierre belleza.
Una historia puntual se cuenta en ella,
algún dolor. Pero también su fin.
Las cicatrices, pues, son las costuras
de la memoria,
un remate imperfecto que nos sana
dañándonos. La forma
que el tiempo encuentra
de que nunca olvidemos las heridas...
(Piedad Bonnett)
El cuento comienza con la descripción de una chica que aparece en el subterráneo para pedir di-
nero con la cara y los brazos quemados, viste con ropa ajustada y transparencias, que saluda de beso
y provoca sensaciones y sentimientos entre los que se encuentran en el subterráneo … la quemó su
pareja. Un día en el subte: “no le siguió a su partida el habitual silencio incómodo y avergonzado.
Un chico, no podía tener más de veinte años, empezó a decir qué manipuladora, qué asquerosa,
qué necesidad; también hacía chistes” (Enríquez, 2016: 125).
Una suerte de asco y de repulsión causa la presencia de aquella chica y no es por lo sucedido, esto
es, la violencia de género que vivió, que la quemaron y que la dejaron desfigurada, es por su queja,
en la que no busca la reconstrucción física, recuperar su belleza, sino pagar sus gastos habituales,
es decir, seguir con su vida.
Es por la repulsión que les causa la proximidad de la chica del subte cuando saluda de beso ya que
implica una relación de los cuerpos, un acercamiento. Y es muy interesante que el beso sea una
zona de conflicto, esto es, la aversión que les causa. La chica del subterráneo es una sobreviviente.
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Tal parece que, en la sociedad del cuento, estuvieran acostumbrados a vivir aquella violencia sin
nombrarla, evitándola, pero también donde a las víctimas no suelen tomarles importancia en su
discurso como denuncia, ya que son desconocidas en la sociedad que habitan y que no reconoce
tales brutalidades.
En Calibán y la bruja, Federici dice que las hogueras para la quema de brujas eran prácticas de
disciplina social: “podemos ver, efectivamente, que su desarrollo tuvo como premisas la homoge-
neización del comportamiento social y la construcción de un individuo prototípico al que se espe-
raba que todos se ajustasen” (Federici, 2004: 201). En tanto, la cacería de brujas constituyó, en
esencia, una forma de violencia sistemática orientada a debilitar el poder social de las mujeres.
Por otro lado, ¿cómo es la comunidad del cuento? ¿Es reprimida socialmente la queja ante el femi-
nicidio? ¿Son las emociones de las víctimas de violencia de género reprimidas socialmente? Pero,
también es interesante plantearse qué emociones son las permitidas dentro del cuento para aque-
llos que presencian a la chica del subterráneo. ¿Quiénes tienen derecho a quejarse? ¿Quiénes son
apreciados como vulnerables?
Para Marcela Lagarde: “La violencia de género, es decir, la violencia por el solo hecho de ser mujer,
sintetiza, además otras formas de violencia sexista, clasista, etaria, racista, ideológica, religiosa, iden-
titaria y política” (Lagarde, 2017: 358). La violencia de género mantiene a las mujeres en situación
de desventaja y desigualdad frente al mundo ya que contribuye a perpetuar una imagen desvalori-
zada y reduccionista de ellas atentando contra sus derechos humanos.
Otro aspecto a considerar es la impunidad que hay en la violencia y el feminicidio donde hay un
sesgo descalificador ante su testimonio que también las culpa de lo que padecen. Es la violencia a
lo largo de la historia un pacto patriarcal para conservar y monopolizar el poder entre los hombres.
Añade Marcela Lagarde:
El feminicidio sucede cuando las condiciones históricas generan prácticas sociales agresivas
y hostiles que atentan contra la integridad, el desarrollo, la salud, las libertades y la vida de las
mujeres. En el feminicidio concurren en tiempo y espacio, maltrato, abuso, vejaciones y daños
continuos contra mujeres realizados por conocidos o desconocidos, por violentos, violadores
y asesinos individuales y grupales, ocasionales o profesionales, que conducen a la muerte
cruel de algunas de las víctimas. (Lagarde, 2017: 361)
Butler se pregunta qué hace que una vida valga la pena para después hablar de un nosotros, esto es,
una comunidad. Todas las vidas se tienen que pensar como valiosas para que se hable de una so-
ciedad. Es la pérdida según la autora lo que reúne al nosotros: “la pérdida y la vulnerabilidad pare-
cen ser la consecuencia de nuestros cuerpos socialmente constituidos, sujetos a otros, amenazados
por la pérdida, expuestos a otros y susceptibles de violencia a causa de esta exposición” (Butler,
2006: 46).
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Lo anterior me hace pensar, si existe un nosotros dentro del cuento, ¿existe la compasión por el
dolor ajeno? ¿El dolor de la chica del subterráneo es parte del dolor y pérdida que socialmente les
atañe a todos? ¿Habita la vulnerabilidad en la sociedad del cuento? Mirar la vulnerabilidad implica
dejar de lado el poder para adentrarse en la necesidad del nosotros, del otro.
Es durante todo el cuento que de manera voluntaria o involuntaria la autora apela a un nosotros al
poner del lado del lector las interrogantes a seguir, es decir, sucede un intercambio con el otro de-
cidiendo si sentimos empatía por las mujeres quemadas, si repensamos el sentido de desigualdad
en el que viven.
Es el rostro quemado del otro que nos interpela a cuestionarnos sobre las dinámicas del poder y
sobre cómo funciona el patriarcado dentro y fuera del cuento. Hay una dimensión ética del rostro
de la chica del subterráneo.
La autora señala que, para Freud, elaborar un duelo implica la capacidad de sustituir un objeto por
otro con la esperanza de que el vínculo perdido pueda reconstruirse en una nueva relación como
un signo de recuperación; Butler difiere al respecto, antes bien el “duelo
se elabora cuando se acepta que vamos a cambiar a causa de la pérdida sufrida, probablemente para
siempre” (Butler, 2006: 46). Quizá con la chica del subterráneo haya un cambio a causa de la
pérdida sufrida, una transformación en el personaje dado que ha decidido salir a pedir dinero en-
señando sus heridas y contando su historia.
Algo que llama la atención desde el inicio del cuento es que no haya un quebranto por parte de los
hombres que presencian el discurso de la chica del subte en el que pide dinero, acaso lo haya por
el asco de la proximidad del beso, mas no es un duelo compartido socialmente.
“Freud nos recuerda que cuando perdemos a alguien no siempre sabemos qué es lo que perdimos
en esa persona” (Butler, 2006: 47-48) de tal forma que saber lo que se perdió a veces conlleva me-
lancolía. Tratar de reconfigurar aquello que se perdió en el discurso de la chica del subterráneo
lleva a repensar a las personas al respecto de su propia pérdida quedando tal vez con un resabio de
melancolía. Algunos no son indiferentes ante la chica del subterráneo, a saber, las mujeres que son
las que escuchan la historia y no la evitan:
Silvina recordaba que su madre, alta y con pelo corto y gris, todo su aspecto de autoridad y
potencia había cruzado el pasillo del vagón hasta donde estaba el chico, casi sin tambalearse
aunque el vagón se sacudía como siempre, y le había dado un puñetazo en la nariz, un golpe
decidido y profesional, que lo hizo sangrar y gritar y vieja hija de puta qué te pasa, pero su
madre no respondió, ni al chico que lloraba de dolor ni a los pasajeros que dudaban entre
insultarla o ayudar. (Enríquez, 2016: 125)
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Poco después de golpear al chico salieron Silvina y su madre corriendo del subterráneo para evitar
que llamaran a la policía o que alguien las golpeara. Posteriormente, llega la historia de Lucila, una
modelo que había sido quemada por su pareja Mario Ponte; a partir de entonces inicia la epidemia
de hogueras, las mujeres empezaron a quemarse a sí mismas.
Los medios de información estaban hesitantes de informar sobre los feminicidios, temerosos de pro-
vocar esto una ola de hogueras, les parecía confuso y contagioso: “Con alcohol la mayoría de las
veces, como Ponte (por lo demás el héroe de muchos), pero también con ácido, y en un caso parti-
cularmente horrible la mujer había sido arrojada sobre neumáticos que ardían” (Enríquez, 2016:
127). Es importante resaltar que se percibe como algo contagioso la ola de hogueras, como si hubiera
un encapsulamiento de una parte de la sociedad que evitara pensar en eso, así como una domesti-
cación de la mirada, anticipando lo contagioso del contenido para la audiencia en general, cortando
de tajo el origen de tales piras.
Pero también se puede apreciar cómo es que a través de los medios de información se manipula la
opinión pública, hay un sesgo al denotar como contagiosa esta ola de hogueras de las mujeres, ni
siquiera se les nombra, por lo tanto no hay una representación de duelo de aquellas mujeres que-
madas, no hay rostros que nombren un nosotros. Esto es, se niega cada una de las historias de dolor
detrás de cada mujer que ha decidido quemarse.
Otro apartado del cuento es el de Lorena Pérez y su hija, las últimas asesinadas, quienes antes de
morir fueron acompañadas en el hospital por varias mujeres, entre ellas la chica del subte, quien
dijo a los medios de comunicación: “Si siguen así, los hombres se van a tener que acostumbrar. La
mayoría de las mujeres van a ser como yo, si no se mueren. Estaría bueno ¿no? Una belleza nueva”
(Enríquez, 2016: 127).
Salta a la vista una belleza nueva, como si de todo aquello saliera un nuevo orden, es decir, un gusto
distinto de belleza. Naomi Wolf habla de un mito de la belleza, según el cual la belleza debe ser
objetiva y universal a tal punto que toda mujer desea tenerla para después ser poseída por los hom-
bres; dicha belleza es un imperativo exclusivo para las mujeres, significado de fertilidad y evolu-
ción, por la cual los hombres querellan.
Retomando el título del cuento: Las cosas que perdimos en el fuego, una vez que se empiezan a
quemar pierden la constitución que socialmente tenían antes de ser quemadas, pero también pier-
den el mito de la belleza para encontrarse con su propia belleza.
Las mujeres se quedan durante toda la noche en el hospital apoyando a Lorena y a su hija hasta
que finalmente mueren. La mamá de Silvina al otro día, va a la oficina, y para su sorpresa sus com-
pañeros no estaban enterados de lo que había sucedido, es como si de pronto las quemadas no exis-
tiesen para la sociedad que habita el cuento, como si estuvieran anestesiados o voltearan a otro lado.
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Por un lado, parece que se divide en dos la sociedad del cuento: la comunidad de los hombres para
los que no existe la violencia de género y la de las mujeres quienes se empiezan a apoyar a partir de
la última muerte.
Señala Butler:
cuando perdemos a ciertas personas o cuando hemos sido despojados de un lugar o de una
comunidad podemos simplemente sentir que estamos pasando por algo temporario, que el
duelo va a terminar y que vamos a recuperar cierto equilibrio previo. (Butler, 2006: 48)
En el caso del cuento, es conflictivo saber que mientras Lorena Pérez y su hija morían quemadas
los hombres de la oficina no estaban ni enterados de lo que sucedía y es que el duelo nos acerca a
lo que somos: “se nos revela, algo que dibuja los lazos que nos ligan a otro" (Butler, 2006: 39) lo que
nos constituye como el nosotros.
Existe un yo y un , pero al final del día conforman el nosotros de la sociedad. De pronto parece
que no hay nada que ligue a la parte de la sociedad que niega ver o socializar el tema de las quema-
das con el problema de los feminicidios, por tanto, es una sociedad despolitizada con un individua-
lismo predominante, apatía y una profunda desigualdad de género.
¿Qué pasa cuando perdemos alguno de estos lazos que los ligan? Y es que el otro nos dice mucho
de nosotros, cómo somos en relación con el otro, por ello el duelo es algo público “permite elaborar
en forma compleja el sentido de una comunidad política” (Butler, 2006: 49). El nosotros se atra-
viesa de diversos componentes de correspondencia.
¿Qué sucede cuando en una sociedad no se contempla un nosotros como parte integral del yo? Hay
una parte del cuento donde las mujeres se organizan, se juntan y se empiezan a quemar por cuenta
propia, hay un alejamiento social de aquellos casos “la pobre mujer estaba sugestionada por todas
esas quemas de mujeres, no entendemos por qué ocurren en Argentina, estas cosas son de países
árabes, de la India” (Enríquez, 2016: 128). Aquí es de notar que no se toma como un agenciamiento
de las mujeres decidir quemarse ya que es algo que sucede lejos de la proximidad de aquellas mu-
jeres del cuento.
Es importante observar cómo empiezan a organizarse para hacer piras enormes de fuego y que-
marse, como resistencia a la violencia que viven, pero también haciendo un llamado a su propia
libertad de hacer lo que les plazca con sus cuerpos, es decir, quemarse y no ser abrasadas por otro.
Las hogueras de mujeres suceden fuera de la sociedad del cuento, por lo tanto, fuera del yo que no
integra al nosotros donde existen las mujeres quemadas. Las mujeres históricamente fueron que-
madas por los hombres, ahora ellas se estaban quemando:
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la imposibilidad de sentir el dolor de otros no significa que sea simplemente suyo, o que no
tenga nada que ver conmigo. Aquí quiero sugerir, de manera cautelosa y tentativa, que una
ética de respuesta al dolor involucra estar abierta a verse afectada por aquello que una no
puede conocer o sentir. (Ahmed, 2015: 60)
Ante una sociedad anestesiada: ¿Cómo hacer el duelo de algo que no existe? Así que las mujeres
se empiezan a quemar “pero no nos vamos a morir: vamos a mostrar nuestras cicatrices” (Enríquez,
2016: 129). Son las cicatrices la muestra del duelo. Las mujeres quemadas son atendidas en hospi-
tales clandestinos y si sobreviven hacen tortas para celebrar. Poco a poco van reuniéndose mujeres
que ayudan a aquellas mujeres que deciden quemarse. “El duelo nos enseña la sujeción a la que
nos somete nuestra relación con los otros en formas que no siempre podemos contar o explicar”
(Butler, 2006: 40) y es que la narración desde el yo ineludiblemente nos lleva al otro, la relación
que tengo con el otro: “los otros nos desintegran. Y si no fuera así, algo nos falta” (Butler, 2006: 41).
Pero ¿qué pasa cuando no se percibe tal falta?, para Butler la falta del otro nos desintegra ya que
nuestro ser siempre está en función del otro o a causa del otro, por ejemplo, respetamos el semáforo
en función del otro para evitar un accidente.
No es fácil entender el modo como se forja una comunidad política a partir de tales lazos. Uno
habla, y uno habla para otro, a otro, y aun así no hay forma de hacer caer la distinción entre el
Otro y uno mismo. (Butler, 2006: 42)
Retomando la palabra cicatriz como connotación del duelo, ahí donde hay una cicatriz hubo algo
antes del fuego, de la necesidad de esas mujeres de quemarse, pero también de curarse al ser lleva-
das a hospitales clandestinos, de estar juntas.
Silvina una de las chicas que acompaña a las quemadas participa grabando una de tantas hogueras
de mujeres para subir posteriormente el video a internet. Poco tiempo después, las mujeres que-
madas salieron a hacer su vida cotidianamente, a tomar un café, a pasear, a ir al super, mostrando
sus cicatrices. Esto también es importante, ya que salir a mostrar las cicatrices del fuego implica
una apertura a lo que no se nombra: la violencia. La cicatriz también las vuelve particulares al mito
de la belleza hegemónica.
Durante el cuento, el cuerpo quemado es el símbolo que contiene la cicatriz, el dolor de las mujeres
al ser violentadas; en tanto la cicatriz es la condición de posibilidad para hablar del dolor, de la
búsqueda de sentido de aquellas mujeres del cuento que no sienten encontrar un horizonte dónde
mostrar su dolor simplemente porque a la sociedad donde pertenecen no les interesa hablar sobre
lo que sienten y su padecer.
el cuerpo supone mortalidad, vulnerabilidad, praxis: la piel y la carne nos exponen a la mirada
de los otros, pero también al contacto y a la violencia, y también son cuerpos los que nos ponen
en peligro de convertirnos en agentes e instrumento de todo esto. (Butler, 2006: 43)
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Es el cuerpo el punto de partida de la disertación del cuento. ¿Qué hacer con los cuerpos? Se pre-
gunta Sara Ahmed: “¿Cómo se introduce el dolor en la política? ¿Cómo moldean el contacto con
los otros las experiencias vividas de dolor? El dolor generalmente se ha descrito como privado, in-
cluso una experiencia solitaria” (Ahmed, 2015: 47). Es el dolor algo que socialmente puede buscar
una respuesta no solamente en lo privado sino también en lo público, es decir, hablando desde el
nosotros el dolor del otro es uno cercano que probablemente avisa de algo que sucede en el mismo
plano que habito entendiéndolo como un duelo. Es el cuerpo como el entramado y la extensión del
dolor social, mientras que la cicatriz evoca una historia a contar, representa el dolor.
Hay una radicalidad a partir de las hogueras, las mujeres se empiezan a mostrar públicamente con
sus cicatrices, salen a la superficie, muestran el dolor que resulta indiferente a una parte de la so-
ciedad del cuento y que las considera monstruosas. Las cosas que perdimos en el fuego, una vez que
se empiezan a quemar, pierden su identidad, la construcción que socialmente tenían antes de ser
quemadas.
Son esas cicatrices que el fuego ha dejado lo que hace que no solo sean parte de una experiencia
individual, sino que se les atribuye un significado experiencial colectivo, ¿cómo se narra el dolor?:
“Las mismas palabras que después usamos para contar la historia de nuestro dolor también funcio-
nan dando nueva forma a nuestros cuerpos, creando nuevas impresiones” (Ahmed, 2015: 53).
Cabe destacar que las mujeres además de salir se acompañan, empiezan a apoyarse “muchas mu-
jeres trataban de no estar solas para no ser molestadas por la policía” (Enríquez, 2016: 131); el que
muestren sus cicatrices es un delito, todo había cambiado desde que habían decidido ocupar el es-
pacio público que les pertenece más del cual, una vez quemadas, son excluidas.
Es la vulnerabilidad la solución al conflicto del cuento, si se logra mirar el miedo que tienen las
mujeres de ser quemadas por hombres así como también el duelo por el que atraviesan como solu-
ción de visibilidad en el sentido de que algo se pierde (con cada mujer que muere quemada o que
queda quemada); así como integrar la elaboración del duelo en donde todos pierden (no solamente
las mujeres), una solución en donde todos los cuerpos valen la pena y son vulnerables de sufrir
tanto en la esfera pública como privada.
“La diferenciación entre las formas de dolor y sufrimiento en las historias que se cuentan, y entre
aquellas que se cuentan y las que no, es un mecanismo fundamental para la distribución del poder”
(Ahmed, 2015: 63). Asumir una responsabilidad colectiva por las vidas de todos implica elaborar
un duelo para transformar el dolor, pero también un reconocimiento del otro para que finalmente
exista una transformación social dentro del cuento.
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Al final del cuento hay una nueva instauración de la belleza, las mujeres salen a mostrarse quema-
das, la madre de Silvina dice acerca del término de las fogatas tumultuarias: “Silvinita, ah, cuándo
se decidirá Silvinita, sería una quemada hermosa, una verdadera flor de fuego” (Enríquez, 2016:
133). Es la nueva belleza basada en la marca del dolor, la herida, como símbolo de la necesidad de
darle importancia a la vulnerabilidad y al dolor que causa la violencia.
Conclusiones
Es el cuerpo el eje central del cuento de Mariana Enríquez, generador de sentimientos y repulsión
ante la proximidad del otro una vez transformado por el fuego. Es la no apertura hacia el otro que
conlleva a la comunidad del cuento a una violencia estructural y a ser una sociedad donde no existe
un verdadero nosotros, y sin embargo hay unos vínculos muy fuertes entre las mujeres que están
juntas para arder y para sanar, están para acompañarse en las fogatas.
El fuego las congrega como un movimiento, un agente de cambio, que deja su huella en forma de
cicatriz. Es la instauración de la nueva belleza, una que ellas han inventado lejos de la mirada pa-
triarcal desde donde se pueden mirar de manera horizontal. La repulsión hacia las quemaduras que
presentan las mujeres en el cuento es la negación de la vulnerabilidad y la empatía hacia el otro, –
hacia las mujeres–. La no aceptación del otro se convierte así en el germen de la desintegración de
la comunidad.
Es de notar el sentido de comunidad que crean las mujeres entre sí mismas para ayudarse a realizar
sus decisiones, es decir, quemarse. De cierta manera es atender y respetar el dolor de aquellas mu-
jeres que han decidido hacer lo indecible, atravesar el fuego para abrasarse y luego más adelante
en el cuento mostrar sus heridas.
Pero también dichas acciones son la elaboración de su duelo, del reacomodo de todo aquello que
las viene violentando, de querer salir de todas aquellas normas sociales que incluyen también el
ideal de la belleza, por eso quemarse es romper con esos estereotipos y mediante el fuego tener un
espacio transformante.
Es importante reconocer la vulnerabilidad que implica curar o acompañar a las mujeres, ya que los
hombres, al no ocuparse ni preocuparse por el dolor que tienen las mujeres al ser quemadas esta-
blecen jerarquías del sufrimiento: algunos dolores son visibles y atendidos, mientras otros son igno-
rados. Estas gradaciones no solo revelan una desigualdad en la percepción del sufrimiento, sino que
también contribuyen a la humanización o deshumanización de las mujeres dependiendo de cuánto
se ajusten a las normas del deber ser femenino.
A lo largo del cuento –sea o no la intención explícita de la autora– se interpela constantemente al
lector a reflexionar sobre la ética de los personajes, tanto hombres como mujeres, y sobre las impli-
caciones de sus acciones y decisiones.
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